sábado, 23 de abril de 2016

LA CASA CHORIZO: ESTRUCTURA SIMILAR A LA PLANTA QUE SE USARA EN EL PROYECTO (PARTE 1)

Libro: HABITAR BUENOS AIRES; Las manzanas, los lotes y las casas
Compilador: Arq. Juan Manuel Borthagaray

LA CASA CHORIZO

Arq. Aquilino González Podestá
En una vena no exenta de nostalgia y cariño, se describe la saga de este tipo doméstico, que no representó una ruptura con respecto al de la antigua casa de patios y que fue, tanto por su ajuste al omnipresente lote de diez varas de frente, como por su desarrollo incremental, el paso obligado del inmigrante en su peregrinaje ascendente hacia la clase media. Se describe el trauma del llegado, desde el desarraigo y el abandono de una situación sin esperanza, su arribo desvalido al puerto, y su breve paso por el Hotel de Inmigrantes. Su primera etapa de naturalización en el conventillo, el acceso a la tierra a través del loteo, la épica del agregado de piezas a partir de la primera, levantada con los ladrillos ofrecidos junto con el lote.
Se describen los aspectos tecnológicos del tipo y sus componentes estandardizados, como así también las imágenes estampadas en las fachadas de la infinidad de casas que componen la arquitectura de la ciudad, no sólo de Buenos Aires, sino de la mayoría de las ciudades argentinas. Este recorrido se cierra con el ocaso del tipo, marcado por la aparición del automóvil y la emergencia de los tipos que la reemplazaría inexorablemente: la “Casa Cajón” o “chalecito del Banco Hipotecario”.
Satírico, vulgar, popular, resulta el nombre aplicado a este tipo de vivienda, un modelo constructivo que por décadas reinó en el ámbito urbano porteño. Perdura una inmensa cantidad de ejemplares, que siguen siendo valorados, adaptados y reciclados. Su vigencia me lleva a decir que, para una buena mayoría, fue nuestra casa.
Sin embargo, la metáfora no es caprichosa. Más larga o más corta, la casa respondía a las necesidades (o posibilidades) de su dueño, al igual que el embutido homónimo, cuyo tamaño varía según la frecuencia del lazo con que se los va atando a la salida de la picadora, aunque su contenido siempre es el mismo.
Pero, amén de estas comparaciones gastronómicas a las que la casa se aviene, cabe destacar que uno de los motivos que la llevó a alcanzar semejante popularidad, ha sido su adaptabilidad al nuevo habitante que, a partir del último cuarto del siglo XIX, comenzó a integrarse a nuestra ciudad: el inmigrante. Parecerá tal vez un tanto excesivo atribuirle a él la condición de propulsor de este tipo de vivienda, puesto que ya existían desde la época virreinal, y con uno, dos o tres patios. Pero veremos que, a pesar de ello, esta afirmación puede sostenerse.
EL INMIGRANTE
En primer lugar, el sólo hecho de haber migrado da a este individuo una mentalidad distinta a la del radicado. Dejar su tierra es algo que tal vez sólo los que somos sus hijos entendemos lo que es y, sobre todo, por qué fue. Deseos de cambiar y abandonar esa postración casi ancestral y buscar otro lugar donde alcanzar lo que, por generaciones, le había sido poco menos que imposible conseguir y, sobre todo, dejar de andar al compás del tambor, que permanentemente le redoblaba en el estómago. Aquí encontró esas posibilidades, duras de alcanzar en muchos casos, pero que las había, y donde valdrá la pena tener hijos, pues su porvenir será muy distinto a aquel que había quedado al otro lado del mar.

Hubo de recluirse en sus comienzos en la pieza de un conventillo, tema suficientemente tratado, y bien, por otros1. Personalmente, reivindico esa “institución”, pues a pesar de sus malas condiciones de higiene y alquileres abusivos, por otra parte, constituyó en un espacio cultural de integración, de alta sociabilidad, donde convivían polacos, italianos y españoles con criollos del interior, compartiendo fiestas, comidas y luchas reivindicativas. Fue un medio en el que se generaron nuevas expresiones estéticas, musicales y de lenguaje (como el sainete, el tango y el lunfardo). Creo que, tal vez, haya sido lo que hizo que Buenos Aires, a diferencia de otras grandes ciudades inmigratorias, no tuviera esos guetos que en ellas son tan comunes.
Tras la “etapa de inquilinato”, en la generalidad de los casos, las ansias de progreso instalaron en su mente la idea de la casa propia. La ciudad crecía y esa expansión, que en 1880 incorporó los partidos de San José de Flores y Belgrano a su territorio, se vio acompañada por un factor que posibilitaría semejante desarrollo: la creación y extensión de la red de tranvías. Establecidos como sistema urbano de transporte a finales de febrero de 1870, en poquísimos años alcanzaron una dimensión tal que, aunque parezca mentira, pusieron a Buenos Aires a la cabeza de las ciudades del mundo. Teniendo en cuenta el kilometraje de rieles con respecto al número de habitantes de la ciudad, ninguna podía comparársele. Sólo digamos que, en 1887, a apenas siete años de establecidos los tranvías, servían a la ciudad siete empresas con once estaciones; 146 Km de vía instalada; una caballada de 2.115 animales para una flota de 260 coches, atendidos por 707 empleados, que ese año transportaron 13.056.939 pasajeros. Si comparamos a Buenos Aires, que por ese entonces tenía 200.000 habitantes, con Nueva York, que tenía 1.000.000 y 121 Km de vías; Philadelphia, 700.000 y 96 Km; Viena, 600.000 y 93 Km y (¡oh sorpresa!) Londres, 4.000.000 de habitantes y solamente 91 Km de vías, bien se justificaba que a nuestra capital comenzaran a apodarla “La ciudad de los tranvías”.
LOS LOTEOS
Así fue como tierras de la periferia semirrural se valorizaron e integraron al ambiente urbano, este fenómeno se potenció sobre todo a partir de 1897 con la incorporación del “eléctrico”. Es entonces cuando el tranvía “sale al campo”, sembrando a la vera de sus rieles infinidad de nuevos núcleos habitacionales que terminaron convirtiéndose en los populosos barrios actuales de clase media. Es que, con transporte barato (sobre todo a partir de 1910, en que la Anglo estableció la tarifa única a 10 centavos, además del “boleto obrero” hasta las 7 de la mañana a sólo 5 centavos, o 10 ida y vuelta), ya no era necesario apiñarse en los conventillos del centro para ir al trabajo a pie.
Los loteos se sucedieron sin cesar, con aquellos infaltables latiguillos de: “¡Deje de deambular de conventillo en conventillo!”… “¡Sobre las vías del tramway!”… “¡Cómodas cuotas mensuales y 5000 ladrillos de regalo!”... Y hasta: “Tranvías gratis al remate”…incentivos para que esta gente alcanzara su deseada meta.
Los cada vez más extensos loteos tuvieron como base la subdivisión de nuestra clásica manzana en parcelas de distintos fondos, pero… de invariable frente de diez varas. Basta tomar la plancheta de una manzana cualquiera para notar el imbricado puzzle que forman los terrenos resultantes, acomodándose para ajustarse a la manzana cuadrada. En otras latitudes (Nueva York) se optó por el cruce de calles por un lado y avenidas por otro, configurando amanzanamientos rectangulares de una proporción 1:4 aproximadamente, que, una vez divididas en dos a lo largo, dan por resultado parcelas todas iguales.
1 Ver Capitulo Habitan los Inmigrantes por Jorge Ramos

Nuestro loteo es un esquema muy prolijo, pero en cuanto a tamaño del frente se refiere, hay poco para elegir. Queda sólo la posibilidad de comprar más de una unidad en caso de necesitarse mayor ancho. En cuanto a superficie, en nuestro sistema la variedad de la oferta es amplia. Hizo factible el acceso a la tierra a cuanto candidato la deseara, pues quien podía compraba los lotes largos a mitad de cuadra, mientras que a los más modestos les quedaba la posibilidad de hacerlo con los más cortos, cercanos a la esquina. En cuanto al frente, esas “benditas” (o malditas) diez varas (8.66 metros) que tantos dolores de cabeza dan aún a los proyectistas, condicionaron y a la vez favorecieron el desarrollo de la casa chorizo pues, si lo vemos desde el punto de vista matemático, se la resolvía perfectamente: cuatro metros de habitación, 30 centímetros de medianera, otros tantos de pared de carga y lo restante (otros 4 metros) para patio, que totalizan los 8.66 metros.
LA CASA
Ahora bien. A pesar de tanta conjetura, aclaremos una vez más que ello no significaba que el loteo haya sido la condicionante que dio origen a este tipo de vivienda, puesto que, como se dijo, desde muy antaño ya existía. Y deseo aclarar una cosa. Es muy corriente oír aquello de que nuestra protagonista deriva de la casa pompeyana de patio central, que al partirse por el medio quedó convertida en dos del tipo de la que nos incumbe, etc., etc. Sin embargo, como bien decía el Arq. Mario José Buschiazzo -maestro cuyas inolvidables clases despertaron en tantos el amor por la historia de la Arquitectura- por mucho tiempo nuestros primeros albañiles (o alarifes, como gustaba decir) no fueron los italianos, que vinieron más tarde imponiendo sus gustos. Fueron españoles, sobre todo andaluces, cuya tipología trajeron consigo y que, con los pobres materiales que encontraron en estas tierras, trataron de seguir o al menos imitar esa casa andaluza de raigambre árabe, en la que se cortan las visuales longitudinales de modo de compartimentar los espacios y distinguir la intimidad de uno de la del otro. Existen muchos ejemplos de lo dicho en antiguos planos de casas virreinales, pero la mejor pauta puede tenerse en los planos del Censo Poblacional del Catastro de Beare. En esa obra, reeditada recientemente por el Instituto Histórico del G.C.B.A., se muestran las siluetas de las casas, manzana por manzana, alrededor de 1860/70. Y si comparamos cualquiera de ellas con una del plano 1:1000 (catastro Goyeneche) editado en 1940, veremos claramente que el partido fue siempre el mismo y no fruto de partición alguna (Figura 1).
Pero retornemos a nuestro hombre. El sólo hecho de volver en aquel tranvía gratuito, con la boleta de seña en el bolsillo, ya cambiaba el modus vivendi de su familia. Seguramente habían sido varios los vecinos del conventillo que acudieron a comprar su lote, por lo que luego serían protagonistas de excursiones semanales a sus tierras en las que, en cooperativa de hecho, habrían de comenzar a cimentar la primera habitación propia con los ladrillos recibidos de regalo con la compra. Así fue como aquella integración lograda por el conventillo que mencionamos al principio, se trasladará a los barrios, con los mismos usos y costumbres (Figura 2).
Esa primitiva pieza de cuatro por cuatro, más un cuarto para cocina y un retrete al fondo, será el embrión de aquello que, con el tiempo y cuando las condiciones se diesen, se le irían agregando otras habitaciones, una a continuación de otra, alargando el chorizo y mejorando el “status”, por llamarlo de algún modo. A se añadirán dos elementos prácticamente infaltables: un limonero al frente y una higuera o un níspero al fondo. ¿Por qué? Quedará para otro el dilucidarlo (Figura 3).
VARIACIONES SOBRE EL MISMO TEMA

Al principio casi iguales, o al menos parecidas, se le fueron agregando elementos complementarios que las irían asemejando más a las casas de la clase media, a la que aspiraban pertenecer, y a la que poco a poco, iban logrando tener acceso. Algunos aditamentos fueron netamente prácticos, como la galería a lo largo de las piezas, y frente al patio, en un principio simplemente adosada a la pared, pero que en construcciones posteriores ya fue prevista como voladizo de la techumbre. Descansaba sobre columnas de metal, cuyo valor iba desde un simple caño de 3” a bonitas columnillas de fundición, lisas o estriadas, con capitelitos de los más variados estilos conforme a lo establecido por las estrictas reglas de Viñola (Figura 4).
Otros agregados, en cambio, respondieron a reales deseos de mejoras. Tal vez el más importante haya sido el baño, ese elemento del que carecía en su tierra y que, al llegar a ésta, tuvo que compartir con decenas de otras familias en el conventillo. Con cloacas, o pozo ciego a espera de aquéllas, al fin pudo darse el indescriptible “lujo” de tener lo que dio en llamarse baño instalado. Aunque, por su ubicación atrás, junto a la cocina, debiera recorrerse la casa para llegar a él. Pero… ¡era propio!
Sin modificar para nada su diseño original (una hilera de habitaciones, una a continuación de otra, dando frente al patio), pueden encontrarse algunas diversidades dentro del tipo, pero que nunca serán sustanciales. En otras palabras: son la misma milonga, pero hay que recordar que hay milongas con variaciones. Tal vez la más común sea la del comedor, donde una de las habitaciones (generalmente la última, antes del baño y la cocina) se ensancha hacia el patio, para dividirlo en dos, aunque sin llegar a la medianera lindera, sino que deja un paso de algo más de un metro de ancho que permite acceder al fondo. Como decíamos en un principio: se compartimentó el espacio exterior entre un patio delantero (más formal, cuidado y fino) y otro trasero, de entrecasa, al que, parafraseando la nomenclatura actual, llamaríamos PUM (Patio de Uso Múltiple), pues en él, sobre todo en verano, se come, se cose, se juega… se vive, siempre lejos de la vista de los demás, ya sea que estén en la calle, o en el jardín o patio delantero (Figura 5).
También encontraremos ejemplares de casas edificadas hasta la línea municipal, y que se presentan en dos variantes: con sala o con local negocio. En el primero de los casos, a esa habitación, similar al comedor descrito anteriormente, se la utilizaba con los mismos fines que ahora se da al living, vale decir, recibidor de visitas, cuando no como comedor también, pero con el inconveniente que la distancia a la cocina hacía que los platos llegaran fríos a la mesa. Muchas veces su “inutilidad” terminaba en un cartelito pegado en la puerta de calle que rezaba: “SALA SE ALQUILA”, ideales para sastres y profesores de piano. Distinto cuando era local negocio, puesto que generalmente era el mismo habitante de la casa quien lo explotaba (Figura 6-7).
La ocupación del jardín dio lugar al zaguán, necesario paso de comunicación entre la casa y la calle. Su ubicación en los casos anteriores es lógicamente a un lado, ya sea de la sala o del negocio; lógico sí, pero que si vamos al caso iba del cielo abierto de la calle a la intemperie del patio, y que en días de lluvia nos brindaba el refugio acogedor de “haber llegado” por un lado, para volcarnos nuevamente al aguacero por el otro.
Pero… a cada problema le llega una solución, y ésta, salvo en el local de comercio, se materializó con el corrimiento del zaguán hacia el centro de la casa, ubicándolo en coincidencia con la galería del patio y ofreciendo una circulación cubierta (o semicubierta al menos) por el interior de la casa. En estos casos, la sala es una habitación más, cuando mucho un poco más larga en el sentido de la hilera, como para darle mayor importancia.
Ahora bien, si volvemos al análisis aritmético sobre el uso de las diez varas del principio, vemos que lo que nos queda hacia el otro lado de la sala, el ancho del patio,
son 4 metros, de los cuales 1.20 m los ocupa el zaguán, por lo que, descontando paredes, no habrá más que alrededor de 2.60 m para otra habitación. Esto hizo que estas casas fuesen, en su gran mayoría, asimétricas, con la puerta descentrada entre una ventana grande y otra más pequeña. Este último cuarto, tal vez en otro intento de escalada hacia la clase media, recibió muchas veces el pomposo nombre de escritorio, aunque de éste no tuviese nada. Muchas veces dio cabida a otras actividades, como consultorio médico, sede de profesoras de piano, de corte y confección, de idiomas, etc.
Otro ambiente adicional fue el vestíbulo. Interpuesto entre el patio y el zaguán, oficiaba de recibidor de la casa y a la vez de barrera selectora de visitas. Allí quedaban las de compromiso, por llamarlas de algún modo, vale decir aquellas con las que el grado de confianza no daba para más que una atención de cortesía. Algo parecido ocurría con el mismo zaguán, lugar en el que eran atendidos los cobradores, por ejemplo, o una vecina al paso. Estos dos verdaderos “puestos de frontera” tenían funciones muy específicas con respecto a los noviazgos, pues antes de que el pretendiente fuese admitido en el vestíbulo, debía pasar varias temporaditas de “tamizado” en el zaguán, cuya llave de luz estaba justamente junto a la puerta del vestíbulo…pero del lado de adentro. Es difícil afirmar que la casa chorizo haya sido “funcional” en el sentido moderno de la palabra, pero en el que estamos narrando… parece que lo era.
ESTRUCTURA
Estructuralmente, la casa no varió mucho. Desde sus comienzos hasta los años 30, fueron siempre de paredes de mampostería de carga: 45 cm, especialmente en la medianera, o de 30 cm las exteriores, mientras que tabiques fueron de 15 cm. La diferencia consistía únicamente en la mezcla de asiento, que bien podía ser de barro o de cal, elección que, como vimos, dependía de las posibilidades económicas del propietario. En cuanto a la cobertura, en la generalidad de los casos eran de chapa ondulada de zinc, mejor dicho, de hierro galvanizado). La tirantería de apoyo se dio en dos variantes: la de madera o la de hierro doble “T”. En el primero de los casos, las chapas eran asentadas en el clásico entramado de listones y ladrillos recubiertos de una capa de barro que oficiaba de aislante, a la vez que evitaba que en invierno “sudaran” las chapas por condensación. La tirantería de hierro se completaba con bovedillas de ladrillos, que ofrecían otras posibilidades. Por un lado, posibilitaban reemplazar las chapas por azotea y, por otro, dieron lugar al nacimiento de una variante constructiva que, sin modificar las casas en un principio, permitían hacerlo en el futuro. Nacieron así las que dieron en llamarse casas preparadas para altos, que contempló otra de las aspiraciones del inmigrante: preparar su futuro progreso. Se preveía todo, no sólo la estructura sino también partes de la futura construcción, como los balcones y hasta el hueco cegado de la puerta de acceso a la nueva unidad, que ya entraban a formar parte del decorado del frente. Buenos Aires está saturada de estos ejemplos que a muchos llaman la atención, pues ignoran el porqué de esos “balcones a la nada” o “puertas ciegas” que, sin embargo, en muchos casos fueron aprovechados por las generaciones posteriores (Figura 8).
LOS DEPARTAMENTOS
Especialmente los lotes de mitad de cuadra (aquellos que se tocaban por el fondo con los del otro lado de la manzana), dieron lugar a otra configuración edilicia, también fruto de la previsión de asegurarse el futuro: los departamentos. Todo seguía siendo prácticamente igual. Descontando a todo lo largo del terreno 1.20 metros para dar lugar a un pasillo, el corredor, callecita interior que permitiría el acceso a las distintas unidades desde la calle, quedaba el dueño habilitado, en la medida que sus ahorros lo permitiesen, para seguir edificando departamentos a continuación de la casa que
ocupaba al frente. Eran casi siempre iguales. Desde el corredor se pasaba directamente a un patio al que daban las piezas (casi siempre dos, y de 4 X 4 metros) y, haciendo martillo, el baño y la cocina, sobre los que, aprovechando su inferior altura, generalmente se agregaba la piecita de arriba. En otras palabras, al chorizo original se le agregaron otros, formando ristra. Nuestros barrios se llenaron de ellas, lo que permitió a los trabajadores de entonces cambiar de casa, para acercarse al lugar de trabajo sin tener que viajar, y hasta volver a almorzar al mediodía, costumbre que se perdió al imponerse el horario corrido, que acabó con aquellas mesas de la famiglia unita. Testimonio de esa abundancia, son esas dos grapas (que muchas quedan y nadie ya sabe para qué) amuradas junto al marco de las puertas del pasillo, en las que se colocaba (y con frecuencia) el cartel “SE ALQUILA DEPARTAMENTO (Tratar aquí)”. Una “jubilación propia” para una vejez tranquila, que recibió un golpe mortal con la Ley de Alquileres, medida coyuntural que agravó, y para siempre, la escasez de viviendas (Figura 9).
¡Oh ironía del destino! Hoy día, esos departamentos son buscados y hasta se han vuelto a cotizar bien. Claro que ya no son “tipo chorizo”; ahora les llaman “PH”, lo que les da más prestigio en el mercado inmobiliario.
LAS ESQUINAS
Hasta aquí hemos visto cómo se fue armando esta vivienda en terrenos ubicados en algo más del tercio central de la cuadra. Pero a medida que nos vamos acercando a las esquinas, las parcelas se acortan y la casa, sin perder para nada su configuración general, se va cerrando un poco sobre sí misma. Es más corta, de un solo patio, sin fondo. En otras palabras, casi como uno de los departamentos de las de mitad de cuadra, pero más holgada y “a la calle”. Es que en esas parcelas, los 8.66 metros no limitan nada. Siempre hay alguna vara de más y, sobre todo, en ellas todo es frente. Al chorizo original se le hizo un tajo al medio y se lo dobló en ángulo recto, como si se lo acomodara en un costado de la parrilla cuando queda poco sitio. Al igual que las casas linderas, se la acurrucó alrededor del patio, centro circulatorio de la unidad, y del que sólo el baño y la cocina dependerán de él para ventilar e iluminar, porque el resto de las habitaciones, aunque también dieran al patio, tenían sus buenas ventanas al frente. Lo más común es que tengan la entrada por la ochava, bien al medio de la casa, con el zaguán en diagonal, entre la entrada y el patio, separando la vivienda en dos partes bien definidas: a un lado los dormitorios y al otro la sala y, cuando no, el famoso “escritorio”, todos a la calle y, cerrando el cuadrilátero, el baño y la cocina en el ángulo interior del terreno (Figura 10).
Pero las esquinas, tanto antes como ahora, fueron muy apetecidas por el comercio, por lo que en esos casos, y dado lo reducido de los solares, era el local el principal elemento del edificio, pasando el sector de vivienda a ser un complemento de éste; como quien dice…”la casa del almacenero”, que bien podía tener entrada por un costado de la casa o compartir esa función con la del mismo negocio. {Abundan los ejemplos en que la casi totalidad del lote está dedicada al comercio, mientras que la vivienda pasa a la planta alta (N. del E.)} (Figura 11).
INTERIORES
Sobre este tema podríamos llenar páginas hasta nunca acabar. Es que en ellos se refleja todo el gusto, modo de vida, poder económico, en fin… el status de su dueño. Pero atención, que nos estamos refiriendo únicamente a detalles, porque por mucho que se hurgue, por dentro prácticamente todas las casas eran casi iguales
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En aquellos tiempos, lo único que podía hacernos notar que no habíamos entrado en la casa del vecino en lugar de la nuestra, era la distribución de las macetas y las plantas, pues lo demás…. Patios de baldosas calcáreas, en que la única variante era el dibujo y colorido, y habitaciones con pisos de listones machimbrados de pinotea sobre tirantes montados en pilares de ladrillos, que formaban un entrepiso que debía estar debidamente ventilado. Esto se lograba por medio de un tubo que, a modo de chimenea, se iba dejando en cada ambiente al levantar la mampostería, y que se remataban con esos clásicos sombreretes de terracota que aún “decoran” la mayoría de los parapetos y cargas porteñas. Sin bien pocos sabe para qué están esos “nidos de pajaritos de barro”, ni para que sirven esas rejillas debajo de las ventanas de los frentes, que no son otra cosa que la toma de aire de la mentada ventilación (Figura 12).
En las habitaciones, un listón moldeado con un clasiquísimo pechito de paloma, enlaza perimetralmente los dinteles de las puertas, oficiando de disimulador tapajunta entre el revoque de cal fina, que llega hasta él, para dar lugar al de yeso, que se continúa hasta confundirse con el cielorraso que, cuando mucho, es enmarcado con un sencillo cornisín, pero al que raramente le faltaba un glamoroso y variado florón central del que pendían las arañas.
Una docena de hiladas de azulejos de 20 X 20 cm, invariablemente blancos y de colocación trabada, daban a baños y cocinas suficiente aspecto de pulcritud e higiene.
Pero las diferencias, sutiles muchas veces, pero diferencias al fin, las encontraremos en los locales de “recepción”: vestíbulo y zaguán. Por ser los ambientes más ligados con la calle, les cabía la responsabilidad de dar la primera impresión, de modo que, cuanto más rumbosos…mejor. Comencemos por el embaldosado, generalmente común en ambos, que, además de ser de superior calidad que el del patio, requería un mantenimiento más prolijo y meticuloso. Sin embargo, el verdadero lujo, en algunos casos rayano con la ostentación, era: en el zaguán, el revestimiento de los muros, y en el vestíbulo, la mampara (Figura 13).
En el zaguán, la decoración se basaba en la manera de proteger sus muros que, en definitiva, no eran más que dos, pues los otros los ocupaban la puerta de calle y la cancel. Lugar de paso, estacionamiento, apoyo, en fin, roce, se hacía merecedor de un revestimiento cuya variabilidad podía ir desde el sencillo pero fuerte alisado de cemento pintado hasta un elaborado friso de mármol de Carrara, pasando por una abundante oferta de azulejos y mayólicas inglesas o belgas (Figura 14).
El vestíbulo, como se ha dicho, basaba su calidad en la mampara, ventanal de herrería que lo cerraba por el lado del patio a modo de pared vidriada. Justamente es en el acristalado donde encontraremos la diversidad, que podrá ir desde los simples vidrios martelè, hasta el más artístico vitral, con un intermedio de vidrios de colores. Y podemos agregar algo más… Situada justamente entre ellos, la puerta cancel, a pesar de no tener nada extraordinario con respecto a las demás, en algunos casos era poseedora de un detalle que, desde cierto punto de vista, daba a la casa un innegable hálito de distinción: el esmerilado de sus vidrios; simple detalle, que podía ser una sencilla guarda hasta un artístico y refinado monograma con las iniciales de la familia (Figura 15).
FRENTES Y ESTILOS
Real escaparate demostrativo del valor de la casa, servía a su vez de atril para la demostración de las habilidades de aquellos anónimos artistas que fueron nuestros frentistas. Pero sobre este tema hay tanto para hablar que, de explayarnos en él terminaríamos por redactar un pequeño tratado de Arquitectura Popular (aunque no faltará quién la llame “Arquitectura Barata”). Y no lo decimos con intenciones de menospreciar nada ni a nadie. Es muy probable que ver “arquitectura” en nuestra humilde casa chorizo, sea para muchos bastardear el término. Personalmente creo que no, pues como bien dice el refrán: “todo depende del color del cristal con que se mira”. Por ejemplo, ¿qué es más ordinario y kitsch?: ¿el gato negro de porcelana china del tejado de un palacete de Los Troncos o el enanito de cemento en el patio de Doña Asunta en Villa Luro? ¿No podríamos decir que ambos son simpáticos? Creo que realmente lo son, pues representan expresiones de imaginería popular, cada uno adaptado a su respectivo nivel, como lo era poner en el frente el año de construcción, o un candoroso “VILLA ANGELA” en homenaje a “la patrona” (Figura 16).
Algo de esto ocurrió con los frentes de las casas. Todos los “estilos” que estuvieron de moda se aplicaron, o mejor dicho, se adaptaron a nuestra casa, al punto de que no se hace necesaria enumeración alguna, pues las encontraremos de todo tipo. Sin embargo, siempre tendrán algún detalle que denotará la época en que fue construida, la capacidad económica de su dueño y hasta su nacionalidad, cuando no su profesión. Más que hablar de frentes, prefiero usar su sinónimo fachada, que es más directo y real. La fachada es la cara (faz) de la casa y, por ende, la de los que la habitan. Y su estado de conservación, arreglo, adornos, en otras palabras, el maquillaje exterior, hablará de lo que contiene dentro de sí (Figura 17).
Comencemos por la fachada más sencilla, la tapia: una simple y común tapia de cierre del jardín del frente con respecto a la calle. Es, sin lugar a dudas, el summum de la sencillez; no más que una pared ciega y el vano de la puerta de entrada. Pero aún en este sobrio frontispicio podrá encontrarse algún detalle que amengüe su austeridad monacal, pues al menos no habrá de faltarle una muy prolija cornisa que, a veces, se comba a la altura del dintel de la puerta como celebrando el único elemento que posee. En otras, el largo paño del muro llega al piso y descansa sobre un zócalo, que acaba en una mínima pero bien terminada moldura, cuando no dividido en paños enmarcados por leves pilastras, que marcan un ritmo que remata en un finale con fuoco en derredor de la puerta. La gente de esta casa adora la privacidad, y la tapia se la brinda. Bien puede Doña Dolores baldear el patio descalza y en enaguas, pues ese espacio interior es suyo.
Muy distinto es el caso en que la tapia es un simple parapeto bajo, coronado por una verja. Aquí todo está a la vista: jardín, patio y hasta la vida casera. Por supuesto que los habitantes del caso anterior no se sentirían muy cómodos en ella, donde, en cambio, estará a sus anchas una familia exhibicionista, luciendo “el juego de sillones” del patio, la azalea más florida de la cuadra, el limonero más cargado que el de “la de enfrente” (Figura 18-19).
Nótese todo lo que dio para hablar el simple hecho de si la casa tiene tapia o no. Es fácil estimar cuánto queda por delante si tratamos las fachadas. Nos limitaremos a mencionar algunas particularidades: las casas son muy parecidas o, para decirlo de otro modo, iguales pero con diferentes molduras.
El frentista recibía un paño de 8.66 m por más o menos 5 m de alto, cuyas únicas variantes eran la ubicación de los vanos, es decir: puerta a un lado o puerta al medio; ventanas o puerta-vidriera del local; planta baja sola o preparada para altos, y con eso debía arreglárselas para ejercitar su arte. Había varios elementos que influirían en el resultado final: tendría que trabajar en conjunto con el constructor, cumplimentar el gusto del propietario y, sobre todo, un mandato de la señora que a veces fue: “Mire…como esa de la otra cuadra, ¿sabe? Pero más linda”.
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Libro: HABITAR BUENOS AIRES; Las manzanas, los lotes y las casas
Compilador: Arq. Juan Manuel Borthagaray
El frentista, la mayoría de las veces italiano, empezaba su tarea desde el inicio, esto es, desde la ejecución de la pared, ya que a las pilastras, almohadillados, cortes de piedra, cornisas, arcos y enmarcados, debía el constructor irles dando volumen con la misma mampostería, insinuando el resultado final. Como testimonio de esto, quedan infinidad de casas “preparadas” para revocarlas algún día, especialmente en los pueblos de provincia.
A los elementos que hemos venido detallando, el “Artista Mayor”, el frentista, habrá que sumar los brindados por el corralón de molduras decorativas. Tras el recubrimiento del premoldeado frontispicio de ladrillos crudos, comenzará a desarrollar su arte distribuyendo modillones, instalando bajo los futuros balcones “fortísimas” pero falsas ménsulas de postín, y colocando aquí y allá delicadísimas guirnaldas florales o medallones con la misma cara moldeada que las del resto del barrio, por no decir de la ciudad. La cabeza de un caballo indicará el portal de un corralón, así como la de una vaca lo hará con una carnicería. Fue un verdadero mago en el uso del fratacho (o fratás, para ser más correctos) (Figura 20).
Viendo los trabajos de estos artesanos, aún los más sencillos, da vergüenza observar las terminaciones de hoy día, por muy pretenciosa que sea la obra. Perfectos cortes en ese revoque de “Piedra París”, que magistralmente manejaba: sólo con cucharín y dedo gordo era capaz de hacer un violín con una corona de laureles en derredor, para indicar que allí habrá un conservatorio, así como una guirnalda de flores a cada lado de la clave del arco de una ventana, y todo con la gracia y prolijidad propia de un escultor. Cultivaron todos los estilos. Allí están nuestras calles, llenas de neoclásicos, barrocos “de barrio” o afrancesados frentes, que se mezclan con los prolijamente martelinados, con cantos vivos en los dibujos, de los tiempos del art-decó (Figura 21).
Ellos ya no están, pero sus frentes sí. Creo que esta nueva “moda” (2007) de pintarlos en tonos y contratonos está destacando el trabajo aquellos maestros, en una especie de tácito homenaje. Aunque resulta herejia aplicar textura sobre la calidad de aquellos revoques (Figura 22).
CARPINTERÍA Y HERRERÍA
Antes de continuar con el relleno decorativo, vamos a dedicar unas palabras a los elementos de carpintería utilizados. En las piezas, las puertas exteriores (al patio) cubrían el casi invariable vano de 1.20 m por 3 m ó 3.20 m, según los casos, con dos hojas de 55 cm por 2.50 m, rematadas por sobre el montante que les oficiaba de dintel, por esa clásica hoja volcable para ventilación, que fue la banderola. Salvo su parte inferior, de bastidor y tablero a la francesa, el resto de las hojas era totalmente vidriado, dividido en paños o en “palitos”. ¿Y para oscurecer?... Pues podían ser postigos interiores de madera o, en el mejor de los casos, persianas. Éstas eran de madera, de hierro o, si el presupuesto no daba para tanto, la tradicional cortina de juncos arrollable, con vuelta y media de “piolín chanchero”, atado a un clavo puesto en el marco, para regular su altura. De una hoja, pero similares y algo más bajas, eran las del baño y la cocina, con vidrios “ingleses” martelé las primeras, y transparentes las segundas.
Las hojas de las puertas interiores, de habitación a habitación, eran macizas, de bastidor y tableros, de 70 cm de ancho, con la misma altura que las exteriores. Los marcos de las exteriores eran macizos y generalmente de incienso. Las interiores los tenían de tipo cajón, terminados con elaborados contramarcos de 4 pulgadas, que en todas las casas tenían la misma moldura.
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Y esto es todo. Tablero más, tablero menos, en cuanta casa de barrio de este tipo entremos, encontraremos las mismas cosas. En suma, que lo estandar lleva rato de inventado.
¿Y para los frentes? Aquí la cosa ya era distinta. La puerta de calle, si bien tenía las mismas dimensiones y respondía a idéntico diseño general que las de los patios (dos hojas y banderola), en su “decorado” ofrecía un surtido mucho más amplio. Las había de bastidor y tableros lisos, pero también moldurados y, hasta en algunos casos, talladas. Podían ser ciegas o con postigos vidriados, protegidos por rejitas de los más diversos modelos, que oficiaban de mirilla. Otro detalle importante eran los herrajes, con sus diferentes tipos de manijas, bocallaves, pomos, buzones y otros accesorios que intentaban hacerlas más o menos pomposas. La puerta de calle era la encargada de dar la primera impresión de la casa y, como sentencia el refrán, “la primera impresión es la que vale”. Sin embargo, todo esto lucía por el lado de afuera, porque por dentro (como puede comprobarse fácilmente) todas son completamente iguales y sencillas.
Pero a estas puertas de calle de cedro, y alguna vez de roble, les surgió una competencia que ofreció una inimaginable variedad de modelos: las “de fierro”, fruto de la labor e imaginación de aquellos maestros artesanos que fueron nuestros herreros de obra, cuyos talleres, no por nada y con justicia, lucían en sus carteles el nombre de Herrería Artística (Figura 23).
Si, como dice otro refrán, “En la variedad está el gusto”, aquí la había en abundancia. Desde los rizos, contrarrizos y volutas del rococó, a los estilizados y airosos lazos del art–nouveau, o las figuras geométricas del art-decó, se complementaban en gracioso contrapunto con las barandas de los balcones que, a su vez, se sumaban a la composición de la fachada. Me atrevo a aconsejar algo a los lectores: echen a andar por cualquier calle de barrio y deténganse a mirar estos trabajos. Creo que me darán la razón (Figura 24).
Hubo algo más que estuvo en manos de estos herreros: las verjas de los jardines; desde las más simples, de barrotes de hierro redondo, cuando mucho rematados con una punta de lanza; hasta las de complicados lazos, entrecruzados entre sí y con los de la puerta, en armonioso conjunto (Figura 25-26).
Si bien todo esto surgía de la imaginación y creatividad de las manos de artesanos de la fragua y el martillo, hubo algunos tipos que, por su destino específico, llegaron a una estandardización tal, que dos o tres modelos bastaron para satisfacer la casi totalidad de las demandas de la plaza. Nos estamos refiriendo a las carpinterías exteriores para locales de comercio. Uno de ellos (puerta al medio con vidrieras a los lados) fue tan lógico y sencillo que llegó a la vulgaridad, al punto que, por los barrios, aún resulta raro no toparse con alguno a cada rato. Tal popularidad se justifica por lo acertado del diseño de una cosa tan común, pero sumamente práctica y funcional. Veamos: de cinco metros de ancho, cabía perfectamente tanto en las ochavas como en un frente de 10 varas, descontándole el zaguán. Podían tener, si el local era de suficiente altura, una banderola corrida de punta a punta por encima del chapón, tras del cual se ubicaba la clásica cortina de enrollar de chapa ondulada, ofreciendo así ventilación e iluminación adicional. De haber sótano (y generalmente lo había), el alfeizar de las vidrieras se hacía de paños vidriados y enrejados, sirviéndole de aventanamiento a modo de claraboya, que quedaba conformada por el piso de la vidriera, como un techo. En suma: útil, estándar y práctico. {Fueron producidos por los Establecimientos Metalúrgicos Vasena, como lo atestigua una plaquita que aún hoy ostentan muchos (N. del E.)}
(continuará)

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